31- Las transformaciones sociales
Las transformaciones sociales
A raíz de la crisis y de los procesos que la siguieron, las sociedades latinoamericanas sufrieron grandes cambios. Al mismo tiempo que se detenía casi por completo el flujo inmigratorio desde Europa, los problemas de las economías regionales obligaron a migrar a importantes sectores rurales de la población, sobre todo hacia las grandes ciudades, pero también rumbo a los centros mineros o petroleros que ofrecían alguna posibilidad de empleo.
A juzgar por los índices disponibles, todo ello no afectó la tasa de crecimiento vegetativo de la población, ya que en la mayor parte de los países creció a un ritmo sostenido: de un 1,7% anual anterior a la década de 1930, se pasó a un crecimiento del 1,9%. Los avances en la Medicina, que permitieron limitar la acción de algunas enfermedades como la tuberculosis, el tifus, la fiebre amarilla y la pulmonía, entre otras calamidades, no fueron ajenos a esto.
Hubo algunas excepciones en las que el crecimiento poblacional fue inferior a la media latinoamericana, aunque por diferentes razones: la Argentina y el Uruguay, por la baja de la natalidad; y Haití, Bolivia y El Salvador por los altos índices de mortalidad.
Los procesos de urbanización
En 1930 la población latinoamericana era predominantemente rural. Esta situación cambió a partir de aquel año: efectivamente, uno de los aspectos más visibles de la década fue el crecimiento de algunas ciudades en desmedro de las áreas rurales y de otras ciudades más chicas que se convirtieron en verdaderas expulsoras de sus tradicionales habitantes.
En los primeros momentos, las migraciones del campo a la ciudad se explicaban por la crisis de los sectores primarios. Pero a medida que se consolidó el proceso industrializador y se fue tecnificando la producción agrícola, esa tendencia se reafirmó, transformándose en una característica estructural de las economías de la región.
Un dato servirá para mostrar el cambio: en 1925 el 62% de la población trabajadora latinoamericana estaba ocupada en la agricultura, pero en 1945 esa cifra se había reducido a un 55%.
Lo dicho no significa, sin embargo, que la integración a los nuevos centros urbanos se diera en forma simultánea con la incorporación a una actividad productiva. En efecto, los puestos de trabajo ofrecidos eran inferiores en número a la cantidad de migrantes, lo que contribuyó a mantener los salarios muy bajos. El resultado de ambas cuestiones fue la conformación de áreas muy pobres, dentro y alrededor de las ciudades, caracterizadas por la precariedad de las viviendas. Esas barriadas humildes recibieron diversos nombres: villas miseria en Argentina, callampas en Chile, favelas en Brasil o cantegriles en Uruguay. Además mostraron con claridad las enormes diferencias económicas que separaban a los sectores populares que las habitaban, de los sectores medios y ricos, que comenzaron a buscar nuevas ubicaciones para sus confortables viviendas.
Hacia una nueva estructura de clases
Del mismo modo en que los cambios ocasionados por la crisis determinaron una fuerte diferenciación regional en el interior de cada uno de los países, así también las estructuras sociales mostraron una diversidad creciente.
Si bien las élites tradicionales -que controlaban la producción primaria y su comercialización- continuaron siendo el grupo dominante en cada país, en esa época comenzó a consolidarse una burguesía industrial que, salvo excepciones, constituiría un grupo de peso en la estructura social y política en las décadas siguientes. Ejemplo de estas singularidades fueron la ciudad mexicana de Monterrey, la colombiana de Medellín y la brasileña de Sâo Paulo, donde la burguesía industrial ya había conseguido un poder económico y político considerable.
Pero no debe creerse que la vieja oligarquía fuera ajena a estos cambios: en la medida en que era la única clase capaz de acumular capital aún en medio de la crisis, también aprovechó la oportunidad de invertir en los nuevos sectores industriales.
Junto a estos sectores creció una clase media muy numerosa y de ascendente influencia social, cultural y política, conformada por profesionales, pequeños industriales y comerciantes, empleados de empresa y funcionarios del Estado.
Los trabajadores asalariados urbanos aumentaron, pero sólo en una limitada cantidad de ciudades como Buenos Aires, Sâo Paulo, México y Lima alcanzaron proporciones preocupantes para los intereses de las clases dominantes. Aun así los trabajadores lograron consolidar sus organizaciones defensivas: los sindicatos, y construir confederaciones sindicales que agrupaban a un número importante de gremios en México, Argentina, Chile, Perú y Brasil.
Con la participación de sectores medios, lograron fortalecer y construir algunas organizaciones políticas que los representaban, como los partidos Socialista y Comunista que proliferaron en toda América, aunque su escaso peso político les impidiera acceder al poder.
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