6- Neocolonialismo: las nuevas conquistas en Asia, África y Oceanía

 Neocolonialismo: Las nuevas conquistas en Asia, África y Oceanía

 

1. La situación de las colonias

El imperialismo se había ido transformando en Asia y África: de ser enclaves costeros se procedió, por la fuerza, a dominar la casi totalidad del territorio. La historia y el impacto del colonialismo europeo en el África negra determinaron la división del continente en tres grandes regiones:

- África occidental constituye el África de la “economía de la trata esclavista”, vinculada a la economía atlántica y a las colonias americanas. El tráfico negrero había sido muy importante para el comercio inglés y portugués en siglos anteriores.

Pero los principios liberales difundidos con la Revolución Francesa, el decaimiento del interés económico en la esclavitud con el desarrollo de la Revolución Industrial y las nuevas posibilidades que brindaba la explotación del interior del continente africano hicieron que, en 1807, Inglaterra aboliera el tráfico abominable, continuado por los portugueses a lo largo del siglo XIX (desde sus colonias de Angola y Mozambique).

- La cuenca del Congo forma el “África de las compañías”.

- La región oriental y austral componen el «África de las reservas», donde los europeos disponen de mano de obra barata para la economía de plantación, las minas de oro y diamantes de Sudáfrica, y las de cobre en Rhodesia (actualmente Zimbabwe).

El dominio de los países europeos se ejercía a través del mar, a excepción de Rusia, que hizo su expansión por tierra. Entre las potencias colonialistas se destaca, en primer lugar, Inglaterra; y luego, Francia, Alemania, Bélgica, Portugal, Italia y España.

Estados Unidos llegó a las costas asiáticas en 1844; su expansión hacia el Pacífico se consolida con la ocupación de islas Hawai y, a fines del siglo XIX, la de Filipinas y Guam. Su importancia fue creciendo en el siglo XX, hasta que se convirtió en la potencia dominante en la región.

El imperialismo europeo encontró sostén en las oligarquías nativas, constituidas por pequeños sectores muy poderosos que se enriquecían con la economía colonial o neocolonial, y también en la pequeña burguesía, que se sentía atraída por el “progreso” que le brindaba la civilización occidental. Cuando existía previamente una cierta organización estatal –como el Reino Maratha, en parte de la actual India– y el pueblo tomaba conciencia de la explotación por parte de los extranjeros, se producían importantes rebeliones coloniales que fueron sofocadas sangrientamente (por ejemplo, la rebelión india de 1857 contra la penetración británica, o la sublevación zulú en Sudáfrica).

 

El Imperio británico

El cese de la trata negrera hacia América (1807) coincide con un mayor interés británico por los mercados sudamericanos, indios (de la India) y chinos.

El imperio británico conquista nuevos territorios a lo largo de la primera mitad del siglo XIX: Colonia de El Cabo (Sudáfrica, arrebatada a los holandeses), Singapur (1819), Islas Malvinas (1833, arrancada a la Confederación Argentina), Hong Kong (1841, sustraída a China en la Guerra del Opio). Y algunas de sus posesiones coloniales se pueblan más, especialmente con inmigración del Reino Unido: Colonia de El Cabo, Nueva Zelanda y Australia. Así el Imperio incorpora colonias, dominios (colonias blancas) y protectorados. 

 

El Imperio de la India

La conquista de la India comenzó en la costa, en los puertos de Madrás, Bombay y Calcuta en el siglo XVIII, y fue completada recién en 1858. Este hecho le permitió proyectar a Gran Bretaña su poderío político y económico sobre el Pacífico. Inglaterra pudo apoderarse de distintos reinos y principados, ya fuera por conquista directa o participando en algunas luchas dinásticas.

Los ingleses favorecieron la formación de una poderosa clase de notables india estrechamente ligada a los comerciantes extranjeros, que obtenían grandes ganancias por el vínculo con Gran Bretaña.

Cuando la conquista de la India estuvo consolidada, la Compañía de las Indias Orientales, que había edificado su imperio comerciando índigo, té, pimienta, sedas, opio y algodón, dejó de existir formalmente. 

El gobierno británico tomó en sus manos la administración directa de la India. La reina Victoria pasó a ser Emperatriz de la India, (1876) y el título de Virrey daba gran prestigio al funcionario que ejerciera dicho cargo. La defensa de la colonia y la conquista de nuevos territorios asiáticos estaban en manos de un ejército “cipayo” cuyos oficiales superiores sólo podían ser europeos. Otros cargos fueron reclutados entre los indios.

Pero, con el lema “dividir para reinar”, aprovecharon las diferencias entre distintas etnias del Imperio, prefiriendo a las más sumisas a las órdenes británicas (los musulmanes). 

El racismo colonial y la superioridad europea eran doctrina oficial. También, legalmente, existían dos países: la Angloindia, con legislación y tribunales que amparaban a los británicos, y la India, que regía para los nativos con funcionarios subordinados occidentalizados (recibían educación inglesa) pertenecientes a las castas superiores y encargados de cobrar impuestos.

Los británicos reorientaron la agricultura india hacia la producción de algodón y opio, invirtieron en los ferrocarriles, telégrafos, barcos a vapor por el río Ganges, e inundaron el mercado de productos británicos sin derechos aduaneros, como los textiles de Manchester que arruinaron a las tejedurías artesanales. 

También introdujeron en la India una cultura ajena a los valores tradicionales.

Para debilitar a sus gobernados e incitar a su desunión, los ingleses dieron el voto separado a los distritos musulmanes para integrar consejos consultivos: sólo podían ser votados, representados y elegidos por musulmanes. Se estimulaban, entonces, los problemas entre los musulmanes y los hindúes (de religión hindú) como conflictos religiosos.

Sin embargo, entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX surgió un movimiento nacionalista, bajo el liderazgo de M. Gandhi y Nerhu, que combinaba una estrategia de peticiones al gobierno de Londres, y la resistencia contra las leyes británicas (desobediencia civil), y luego reclamó el autogobierno de la India.

Desde la India, Inglaterra intervino en otros territorios, el acceso a los mercados de China, a Birmania (para la producción de opio), Tíbet (donde se terminó reconociendo la soberanía china) o en Persia, país con el cual el Foreign Office (Ministerio de Relaciones Exteriores británico) entabló relaciones.

 

La relación con China

China, al contrario de India, tenía una autoridad central que mantuvo su unidad política aun en los momentos de mayor debilidad. El emperador de la dinastía Manchú no estaba interesado en el comercio internacional, e imponía restricciones. Cantón era el único puerto abierto a los comerciantes extranjeros, éstos no podían llevar mujeres a las factorías, no podían emplear sirvientes chinos, no podían usar sillas de manos sino que debían caminar. 

Por esta situación, que los europeos consideraban humillante, decidieron obligar al emperador chino a abrir el libre comercio. Los mercaderes compraban en China enormes cantidades de seda y té, pero no lograban vender nada, hasta que comenzaron a introducir de contrabando el opio cultivado en la India.

El opio había sido descubierto por los portugueses, pero por sus efectos nocivos sobre la población, fue prohibido por decreto imperial chino en 1729. Los contrabandistas, inescrupulosos, no hicieron caso a la prohibición, y promovían el consumo de opio entre los habitantes. Esto derivó en las dos guerras del opio.

Con la primera (1839-1842), Gran Bretaña se apoderó de Hong Kong (colonia que retuvo hasta 1999) y obtuvo la apertura de cinco puertos chinos al comercio. Con la segunda (1856-1860), en la que participaron también los franceses, los británicos entraron en Pekín, saquearon el Palacio de Verano de los emperadores, e impusieron la apertura de nuevos puertos y la libre navegación de los ríos interiores de China.

Los extranjeros –que ahora gozaban del derecho de extraterritorialidad– fueron formando colonias, y además poseían concesiones comerciales (francesas, británicas, italianas, alemanes, japonesas y luego también establecimientos norteamericanos) en Shangai, Tien-Tsin y Cantón. 

Por otra parte, la penetración colonial en China se manifestó desde 1847, con el secuestro y rapto de cientos de miles de campesinos chinos, pese a la protesta de su gobierno. Los inhumanos comerciantes denominaban a este negocio “Comercio de Cerdos”, que implicaba que, por medio de un contrato de servidumbre, los campesinos fueran a trabajar a las minas, haciendas y plantaciones coloniales.

Las principales zonas de destino eran Australia y California, para el trabajo en las minas de oro, Sudáfrica para las plantaciones de algodón en Natal; también Cuba, Perú y Panamá (para la construcción de ferrocarriles); todos raptados de Macao. Hay que tener en cuenta que los que llegaban eran muchos menos de los que salían: en los barcos había una mortandad de hasta el 45%.

La trata de campesinos disminuyó drásticamente en 1874, por decisión de China, que cerró el puerto de Macao.

Cuando terminaba el siglo XIX, una organización nacionalista secreta, la Sociedad de los Puños Armoniosos, se levantaron en contra de esta situación, imbuidos de intenso patriotismo, y su cólera se manifestó contra los misioneros religiosos extranjeros, a quienes culpaban de ser agentes del imperialismo.

A pesar de tener gran apoyo popular, fueron vencidos; y los extranjeros impusieron condiciones aún más humillantes para China, entre las que se contaba una indemnización de de cien millones de libras esterlinas. De ese modo, los europeos terminaron de convertir a China en un país semicolonial.

 



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