18- La derrota alemana y la paz de Versalles
La derrota alemana y la paz de Versalles
Antes de su ingreso a la Primera Guerra Mundial, el presidente de los Estados Unidos formuló una propuesta a los países beligerantes y convocó a una conferencia de paz. Wilson pedía una paz sin vencedores ni vencidos y anunció un programa de catorce puntos. A propuesta del presidente norteamericano, también se debe la creación de una liga o sociedad de las naciones para resolver los conflictos que se suscitaren e intentar mantener la cooperación internacional (aunque posteriormente el Congreso de los EE.UU. no autorizó la incorporación de este país al nuevo organismo).
Las condiciones de paz impuestas por las potencias vencedoras (los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) fueron –pese al pedido de Wilson– muy duras para Alemania.
En el tratado de Versalles, firmado en junio de 1919, se establecía el desarme alemán, la reducción de su ejército, la desmilitarización de la frontera con Francia, la confiscación de su flota de guerra, submarinos y la aviación. Se le prohíbe a Alemania poseer una Fuerza Aérea.
Las severas cláusulas del tratado hacían de Alemania la única responsable de la guerra y la obligaban a pagar reparaciones a Francia e Inglaterra, como indemnización por los daños de guerra. También incluían la devolución de Alsacia-Lorena a Francia, la pérdida de sus colonias en África –Togo, Camerún y Tanganica (actualmente Tanzania)–, y la prohibición de formar alianzas con Austria.
Polonia, creado como estado independiente, recibía una franja de tierra con salida al mar –el corredor polaco– que cortaba el territorio alemán, y el puerto de Dantzig se constituía en ciudad libre, bajo la protección de la Sociedad de las Naciones.
Un nuevo mapa de Europa
Los europeos habían confiado en que sería una guerra corta, pero se prolongó durante cuatro años, y costó trece millones de vidas humanas. El viejo continente no volvería a ser el mismo: se produjo el hundimiento de los Imperios Centrales (el Imperio Alemán, el Austro-Húngaro) y de su aliado, el Imperio Otomano o Turco; la desaparición de tres monarquías, y una revolución proletaria triunfante en Rusia.
La guerra significó la pérdida de hegemonía de Europa sobre el resto del mundo. En orden de importancia fue reemplazada por los Estados Unidos, que terminaron la contienda con un gran saldo comercial y sin haber sufrido pérdidas en su propio territorio; los préstamos otorgados a los países beligerantes lo convirtieron en una nación acreedora y la propia Inglaterra quedaba endeudada con los Estados Unidos.
El trazado de nuevas fronteras dio lugar al nacimiento de nuevos Estados-nación europeos, que se desprendieron del Imperio Ruso y del Imperio Austro-Húngaro. Todos los eslavos del sur fueron integrados a un estado y formaron la nueva Yugoslavia, que incluía a Serbia fusionada con Eslovenia (antiguo territorio austríaco) y Croacia.
Rusia, alejada de la guerra debido a la Revolución Bolchevique, perdió territorios que se convirtieron en países independientes (Estonia, Lituania, Letonia y Finlandia); también surgieron, Polonia y Checoslovaquia. La desintegración del Imperio Turco consolidó la presencia de los países vencedores de Europa en Medio Oriente, a través de los protectorados o mandatos británico y francés en sus territorios.
La posguerra y el papel de los Estados unidos
El período de posguerra presentó un duro panorama: los gobiernos de Europa contaron con la ayuda norteamericana que proporcionó provisión de alimentos a crédito y préstamos gubernamentales. Alemania, ahora transformada en República, recibió créditos de EE.UU. para pagar sus deudas de guerra.
El viejo continente y las naciones latinoamericanas pasaron a depender del capital norteamericano. De hecho, los lazos económicos de Latinoamérica se inclinaron más hacia los Estados Unidos, que reemplazó o compitió con las inversiones británicas en la región. En la Argentina, por ejemplo, aumentaron las inversiones en distintos establecimientos, entre otros en frigoríficos y distintas sucursales de empresas norteamericanas.
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