42- Terratenientes y peones
Las relaciones con los terratenientes
y los peones
Los
terratenientes agro-exportadores habían tenido grandes ganancias durante la
larga hegemonía conservadora. Las medidas del gobierno militar no respetaron sus
privilegios ni su predominio en la economía. Con el Estatuto del Peón (1944),
se obligaba al sector agrario a casi duplicar los salarios de los peones del
campo, aumentando los costos de producción, a fin de evitar el sistema de
relaciones casi feudales que seguían existiendo entre patrón o encargado, y
peones.
Perón
intentó sindicalizarlos, incluyéndolos, como al resto de los trabajadores, en
la legislación laboral, e iban a gozar de ocho días de vacaciones pagas,
descanso dominical, salvaguardias contra el despido arbitrario, aguinaldo y
jubilación. La SRA (Sociedad Rural Argentina) consideró impracticables estas
medidas en el ámbito rural donde, según su interpretación, los trabajos no
podían encasillarse en leyes ni medirse en horas. La oposición al Estatuto significaba
la resistencia de la SRA a la intervención estatal en las relaciones laborales del
campo, hasta entonces, un ámbito inviolable del propietario rural.
A los
arrendatarios se los benefició congelando los arrendamientos que debían abonar a
los dueños de las tierras, pese a la inflación existente. Más tarde tuvieron la
posibilidad de adquirir esas tierras: entre 1948 y 1949 los chacareros
arrendatarios se hicieron propietarios de aproximadamente un millón de
hectáreas, proceso que continuó en los años siguientes. Por supuesto, esto
tampoco conformó a los latifundistas.
La creación
del IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio) asestó un duro golpe al agro: significaba el monopolio
del comercio exterior, y las divisas pasaron a ser controladas por el Estado
para la promoción industrial y la política social que estaba llevando a cabo.
Los extraordinarios beneficios que las grandes empresas (como Bunge y Born)
tenían por la compra de cereales a los pequeños y medianos productores para la
exportación, cesaron debido a que debían venderle al Estado al precio que este fijara.
Con la reducción de rentabilidad se disminuyó también el área sembrada, por esta
política los latifundistas y exportadores estuvieron siempre en la vereda
opuesta al peronismo.
La oposición
Desde la
Secretaría de Trabajo, con la política de legislación social y el acercamiento
a los sindicatos, Perón abrió varios frentes de conflicto. Por un lado, con los
sindicatos comunistas y socialistas (como el gremio ferroviario socialista «La
Fraternidad»), que desconfiaban de sus medidas y lo criticaban en la prensa.
Por otro, con las entidades empresarias como la SRA y la Corte Suprema de
Justicia, que rechazó los nuevos Tribunales de Trabajo creados por Perón. Los
sectores industriales estaban disconformes con la política laboral de Perón
porque no sólo aumentaba los costos, sino que generaba constantes demandas de
los trabajadores por nuevas mejoras.
También la
Unión Industrial Argentina se quejaba, en 1944, de «[…] la indisciplina que engendra en las empresas el uso siempre más generalizado
de un lenguaje que presenta a los patrones en una posición de prepotencia y a
cada acuerdo no como un acto de justicia sino como una conquista».
La oposición
quería que el Ejército se retire a los cuarteles y que se entregue el gobierno
a la Suprema Corte de Justicia.
Finalmente,
la presión de las marchas y actos opositores a Perón y al gobierno militar, los
festejos por el fin de la Segunda Guerra, y un movimiento de oficiales de Campo
de Mayo, encabezado por el general E. Ávalos, condujeron a Farrell a solicitar
la renuncia de Perón, quien el 8 de octubre de 1945 se vio obligado a abandonar
todos sus cargos.
Se despidió
con un discurso a los trabajadores el 10 de octubre, en el que hablaba no ya como
parte del gobierno, sino como un ciudadano más, recordando lo que había luchado
por la libertad y los derechos de los trabajadores. Sin embargo, terminó su
alegato rogándole a los trabajadores que conservaran la calma, con su conocido
lema «de casa al trabajo y del trabajo a
casa», puesto que el presidente Farrell le había prometido que seguirían en
vigencia los beneficios sociales ya otorgados.
Sin embargo,
Perón fue detenido en la isla Martín García, consideró que le había llegado su
muerte política. Sus opositores lograron el efecto contrario, al hacer
ostentación de arbitrariedades: los patrones se negaron a pagar el doble jornal
a los que trabajaron el 12 de octubre (feriado), las vacaciones anuales prometidas
con anterioridad, provocando a los trabajadores con la frase: «Vayan ahora a
quejarse a Perón». Esta actitud logró sacudir la pasividad de los obreros.
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